No todo es malo. Detrás del currículum fraudulento de Noelia Núñez o de Ignacio Higuero, de la tipografía de mesón del titulillo de Óscar Puente, o de los galones académicos fabulados por José María Ángel o Pilar Bernabé, hay un residuo de dignidad que demuestra que las cosas funcionan. A pesar de todo. Decía La Rochefoucauld que la mentira es el homenaje que el vicio rinde a la virtud, y detrás de tantas credenciales curriculares tuneadas se expresa todavía una antigua confianza que demuestra que no todo está perdido. Los títulos todavía significan algo, las instituciones educativas mantienen un cierto prestigio, y el conocimiento o el esfuerzo son preferibles a sus contrarios. Afortunadamente.
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