Uno sabe que un político no dice la verdad cuando empieza a recurrir a frases prefabricadas. Son varias las formulillas enlatadas con las que los representantes públicos suelen esquivar la realidad incómoda. “No todo vale en política”, “a mí ustedes no me dan lecciones de democracia” o “hay que tener altura de miras” son algunas de esas tristes letanías que demuestran algo más que pobreza verbal: suelen ser afirmaciones con las que, en no pocas ocasiones, se intenta ocultar alguna verdad.
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