En una reciente columna en estas páginas, el politólogo Fernando Vallespín da dos lecciones importantes sobre la política contemporánea. La primera: “Los partidos no son escuelas de liderazgo, sino de supervivencia, o la instancia imprescindible para ir medrando en las escalas de poder. Y esto vale tanto para quienes entraron en ellos por compromiso sincero con sus fines, como para los más instrumentalistas. Al final, las lógicas del sistema siempre acaban fagocitando al sujeto”. La segunda: “Buen político es quien además de buen gestor es buen dissimulatore”. La primera lección señala el problema de los incentivos perversos en nuestro sistema político. Los partidos políticos son agencias de relaciones públicas que se dedican al control de daños, es decir, a evitar que sus miembros tengan que ver la luz del sol de la opinión pública, donde pueden ser fiscalizados brutalmente. Esta lógica, más centrada en la imagen que en el producto, no es nueva, pero es la lógica de nuestra época, también en el sector privado: la nueva economía vende intangibles (experiencias), está muy financiarizada y su principal labor es el marketing y la protección de la reputación de marca.
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