
La ley de hierro de la oligarquía es de las pocas leyes que siguen manteniendo su vigencia en el ámbito de las ciencias sociales. La formuló Robert Michels hace más de un siglo y es de una simplicidad pasmosa: toda organización compleja, por muy sujeta que esté a principios democráticos internos, acaba siendo gobernada por una élite, deviene en una oligarquía compuesta por aquellos que llevan las riendas en su interior. Como es lógico, no es algo que ocurra de un día para otro. En la mayoría de los partidos, este desarrollo puede extenderse durante décadas, y la circulación de las personas que integran la élite, con sus entradas y salidas de ella, puede ser más o menos opaca. Los partidos más jóvenes ofrecen la ventaja de permitirnos observar en tiempo real cómo va cristalizando este proceso de oligarquización.
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