Vivir peor

Un grupo de jóvenes grababa y fotografiaba el acto electoral de Santiago Abascal el pasado día 12 en Toro (Zamora).

Todo el mundo, sin darse cuenta del daño que hacía, aceptó ese lema de que los jóvenes de ahora iban a ser la primera generación que viviría peor que sus padres. La idea se fue imponiendo como una especie de lluvia fina que nadie se atrevía a cuestionar. Es habitual enfrentar a las generaciones para que se perciban unas a otras como enemigos, en lugar de buscar los verdaderos culpables de sus carencias. Lo grave es que muchos jóvenes se han hecho andorranos espirituales, individualistas y antitributarios, convencidos de que los jubilados y los mayores lastran sus ambiciones. No haberles defendido a tiempo de ese proceso de intoxicación ahora nos convierte en cómplices de su egoísmo. Las generaciones que padecieron las consecuencias de una guerra civil difícilmente podrán comparar sus carencias con las de hoy. Los que vivieron el desarrollismo también podrían recordar que raramente se concedían un restaurante, un viaje o un capricho. En el caso de las mujeres, conquistaron el acceso al mundo laboral o escolar con enormes sacrificios, si es que lo lograron del todo. Así que eso de la sensación de vivir mejor o vivir peor es una batalla interesada y estéril.

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