Es un tópico decir que la democracia es un régimen de opinión. El problema es que, en demasiadas ocasiones, y esta no es una excepción, el tópico es cierto. Para que el juego de las mayorías ―y el respeto a las minorías— tenga sentido a la hora de elegir a nuestros representantes, es deseable que todos los ciudadanos dispongan de un acceso solvente a la información relevante para defender sus intereses y sus valores. Las democracias no solo dependen del sentir de los ciudadanos, sino que debe exigirse, al mismo tiempo, una deliberación pública fundamentada, realista y responsablemente cuidada.
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