
El otro día, presencié un diálogo interesante entre uno de esos artistas a los que la gente identifica como solidarios y comprometidos y una mujer que le increpó con cierta sorna agresiva. La frase que le soltó ya la he escuchado en otras ocasiones: “Oye, tú; si tanto te gustan los inmigrantes, ¿por qué no te los llevas a tu casa?” Lo que me sorprendió fue la respuesta: “Pues señora, hagamos un trato, yo me llevo a un inmigrante a la mía y usted se lleva a la suya a un maltratador de mujeres y lo casa con su hija. De esa manera, los dos cumplimos con lo que votamos”. Se produjo un silencio incómodo, que se alargó hasta que la mujer terminó de entender la implicación de lo que le acababan de plantear. Sí, exactamente era eso. Si exageramos hasta el ridículo la petición de respeto a los derechos de los inmigrantes convirtiéndola en una pose de eso que llaman buenismo, pues exageremos también la constante negación por parte de los conservadores de la violencia machista. Aquello sonó a cañonazo en un año en que los asesinatos de mujeres prosiguen pese a los intentos por protegerlas de sus exparejas.
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