
Hace unas semanas, me metí un piño descomunal. Iba mirando el móvil con los pies a rastras y di con una baldosa bailona: combinación fatal. Hubo un espacio de tiempo brevísimo, entre el momento del tropezón y el instante en el que la trayectoria en plancha contra el suelo era ya irreversible en el que podría haber luchado un poco más contra la gravedad. Recuerdo haber pensado en ese lapso en el que iba ya braceando como un dibujo animado que, si me dejaba ir, lo peor que podía pasar era hacer reír a los viandantes que seguramente llevaba detrás. Aún no sé si por cansancio, dejadez o resignación, decidí abandonarme en los brazos de Newton. Me rompí una costilla y encima, cuando miré atrás, no había nadie en la calle para ayudarme a levantarme.
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