Víctor de Aldama (Madrid, 47 años) pasó esta Semana Santa viendo procesiones y pasos religiosos en Sevilla. Eran sus últimos días antes de que comenzara el juicio en el Tribunal Supremo por el caso mascarillas en el que la Fiscalía Anticorrupción lo acusa de organización criminal, cohecho y aprovechamiento de información privilegiada. “Gracias por el apoyo cuando me veis en la calle como estos días”, publicó en un vídeo ese domingo 6 de abril anterior al comienzo de la primera sesión. “Espero que todo salga como tiene que salir y si no asumiré las consecuencias”, dijo. No es extraño encontrar a Aldama en fiestas populares, ni tampoco que la gente se acerque a pedirle fotos o darle ánimos. El comisionista, que se ha autoincriminado en delitos de corrupción, se ha convertido casi en un fenómeno de masas. Alguien a quien, especialmente en círculos de la derecha, aplauden. En junio del pasado año, otro ejemplo. Acudió a la romería del Rocío (Huelva) y en un festejo con César Cadaval, el menor de los Morancos, terminaron cantando al unísono “por Aldama, por Aldama”, mientras mujeres vestidas de flamenca bailaban a su alrededor, como muestran las imágenes a las que ha tenido acceso EL PAÍS.
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