Tal vez no sería necesario que el Consejo de Estado dure y dure, aunque este año celebre medio milenio y sus cinco siglos de existencia bien merezcan una conmemoración. Hoy la función constitucional de este Consejo, según consta en el artículo 107 de la Carta Magna, es ser el supremo órgano consultivo del Gobierno: informes y dictámenes, dictámenes e informes. Ahora lo preside Carmen Calvo y, según leo en la web oficial de este otro quinto centenario, la institución afirma de sí misma que “sigue siendo un pilar discreto pero firme del edificio institucional español”. Discreto, sí, pero pilar, no sé. Como todos los mitos del que se nutren las naciones, este también se origina en un pasado muy remoto y de éxtasis imperial: el rey Carlos I, la Granada recuperada, julio de 1526. En el reportaje espléndido que es Los dueños del Estado, Rafael Méndez enumera algunos hitos de la historia moderna de este organismo. La Segunda República quiso abolirlo, pero tenía demasiados asuntos pendientes por resolver. El franquismo lo restituyó pronto y el consejero nombrado por la dictadura que más tiempo estuvo en activo en democracia fue un miembro del selecto Consejo: Antonio Sánchez del Corral, elegido en febrero de 1975 y que murió en 2011 sin haber dimitido de su cargo. Sostiene Méndez que el responsable de incorporar el Consejo de Estado a la Constitución de 1978 debió ser uno de los padres de esta: Miguel Herrero y Rodríguez de Miñón, vinculado desde 1966 a la casa tras aprobar las contadísimas y exigentes oposiciones para pertenecer a un influyente cuerpo de letrados que, con muchos apellidos que se heredan y con bastante naturalidad, simultanean su responsabilidad pública con el trabajo en bufetes o asesorando grandes empresas (incluidos bancos andorranos). Desde hace años Herrero es miembro permanente, es decir, ostenta un cargo con rango de secretario de Estado.
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