Del árbol caído

El expresidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, interviene en un acto de campaña en Cádiz el 14 de mayo.

Dada la gravedad del auto judicial, el asunto ha protagonizado las sobremesas españolas; según la tendencia ideológica de los comensales el hombre imputado ha sido condenado, exonerado o en esa tercera línea de los prudentes, los hay que han optado por esperar. La presunción de inocencia, como es de todos sabido, solo funciona cuando el imputado es de los tuyos. Los hay que, deseosos de que el hombre imputado sea condenado ponen una vela al Altísimo, los hay que, desolados, se la ponen a la Virgen. Cuando los comensales conocen al hombre imputado de primera mano se las apañan para convertir una anécdota, inventada o no, en evidencia de lo que estaba por venir: han unido la línea de puntos como hacía el comisario Maigret en la resolución del crimen. Están los que ya se lo figuraban y los que confían en que esto sea una pesadilla. Luego ocurre, indefectiblemente, que la sobremesa española se traslada a las tertulias mediáticas y a las columnas y, acostumbrados, tanto los que escribimos como los que leemos, a pensar que va en el sueldo esbozar una teoría, la que sea, una se coloca frente a la pantalla sintiendo esa obligación no escrita de arrimarse a un extremo o a otro, porque ya se sabe que quien se confiesa incapaz de elevar el pulgar hacia arriba o apuntarlo hacia abajo es tachado de equidistante, que es lo mismo que cobarde: de derechas para unos, de izquierdas para otros.

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