Recién llegada a Madrid, entablé amistad con una muchacha que, al enterarse de que yo me había confirmado con 18 años (lo más cercano que conoce la Iglesia al consentimiento), rogó que le explicase el asunto de la Santísima Trinidad. Si en edad de votar yo me había reafirmado en mis creencias, debía de ser que controlaba el asunto. “No entiendo lo de Padre, Hijo y Espíritu Santo. ¿Quién es el Padre? ¿San José?”, dijo. Me dio un ataque de risa. Mira que confundir al creador del mundo según la Biblia con el marido de la Virgen María, ese hombre que no contribuyó ni con una gotita de semen al ADN de Jesús y sin embargo siguió siendo su P. P. “¿Eso qué es? ¿Partido Popular?”. Seguía yo descojonada, como si el concepto padre putativo tuviese lógica y todo el delirio que acababa de enunciar fuese recta razón, hasta que reparé en la mirada de la muchacha. Había cierta pena, también un respeto compasivo. No intentó rebatirme: en su colegio laico le habían enseñado a respetar todos los credos. En el mío, católico y regre, un cura viejales me había montado un pollo cuando en un concurso de debate me posicioné a favor del aborto. Casi logró hacerme pasar vergüenza, aunque los adolescentes son muy vanidosos y la atención que recibí me pareció dulce. Tuvieron que pasar bastantes años para que comprendiese los motivos del sacerdote: me había atrevido a insinuar que mi cuerpo me pertenece. Y encima lo había dicho con un lenguaje llano y práctico, en el que llamaba al pan, pan (no cuerpo de Cristo) y al vino, vino (no sangre de la alianza nueva y eterna). Llevan siglos usando conceptos teológicos como canicas de trile para convencer a los hombres de buena voluntad de que la última palabra la deben tener siempre ellos, y que su moral debe regir todo. Por eso les interesa tanto poner la zarpa sobre el cerebro de la IA, no sea que nos dé permiso para abortar. Tuve que acabar admitiendo frente a aquella amiga que yo tampoco tengo ni idea de quién es el padre.
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