El niño perdido Gabriel Rufián

Gabriel Rufián, el 27 de mayo en la sesión de control al Gobierno en el Congreso.

Según el último barómetro del CIS, Gabriel Rufián es el cuarto político preferido para ser presidente del Gobierno. En plena fase de autodestrucción de lo que fue el espacio de Podemos, el portavoz de Esquerra Republicana es el primero de la fila que aparece a la izquierda del PSOE. Este hipotético capital electoral, nutrido en un efectivo discurso demagógico que reina en las redes desde sus intervenciones en sesiones de control o comisiones de investigación (no curra mucho más), es el que le está permitiendo vivir al margen del grupo parlamentario que lidera, tensar la cuerda con la dirección de su partido para romperla a la vez que pretende impulsar una alternativa antifascista ante el escenario de una mayoría del Partido Popular con Vox. Si Oriol Junqueras no es capaz de reconducir la situación —la próxima semana volverá a Madrid para mediar en su principal crisis interna—, no es descartable que Rufián acabe siendo candidato victimista del espacio que le era más natural: no el independentismo sino el viejo Podemos. La paradoja es que Rufián, sin el independentismo, no existiría.

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