
Una vez, leí una entrevista a Michel Rocard, quien fue primer ministro francés siendo Mitterrand presidente, en la que decía que jamás recomendaría a sus hijos que se dedicaran a la política. Meses después, me tocó cenar sentado al lado de su esposa. No pude evitar preguntarle por aquella opinión de su marido. “¡Pues claro!”, me dijo. “¡No puedes ni imaginarte las cosas que le han llegado a hacer!”. Sí que podía imaginármelas, y recordé para mí el viejo adagio: si no quieres polvo, no vayas a la era. El recurso de los que gobiernan diciendo que sufren y se sacrifican por los demás, o por el bien del país, me parecía entonces un victimismo forzado o una coquetería interesada.
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