En Ceuta, hay cosas que funcionan en sentido contrario al orden habitual: aquí, los de arriba se llevan la peor parte de cualquier crisis, mientras que los de abajo pueden, si quieren, aislarse de ella. Arriba es la barriada de El Príncipe Alfonso, que sigue cargando con la vitola de ser el barrio más peligroso de España, un trazado laberíntico de endiabladas callejuelas al que desde hace años se compara con las favelas brasileñas. Pero estos días, con la ciudad aún conteniendo el aliento tras el cruce de frontera masivo, El Príncipe no responde a esa imagen prefabricada de miseria y narcotráfico. Sus calles, caóticas, bullen en un trasiego hacendoso: mujeres limpiando inmensas ollas de latón en los portales, migrantes haciendo cola frente a garajes para recibir comida y ropa, hombres repartiendo papeles para que decenas de niños sin padres apunten sus nombres. Desde que hace ya casi una semana 72.000 migrantes cruzaran a nado la frontera, esta barriada fue el afluente por el que desembocaron la mayoría de ellos. Muchos, por pura inercia, corriendo descalzos por la empinada calle San Daniel, que conecta con El Tarajal. Y otros, muchos más, empujados por la Policía, que los fue dispersando hacia este barrio a golpes.



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