Las cifras son tan desproporcionadas que conducen indefectiblemente a la alarma, el pánico y el miedo: las calles, los montes y las playas de Ceuta llenas de negros y moros sin casa ni ropa ni comida ni calzado y, por supuesto, deambulando sin norte ni sur. No pasa nada: se lo han buscado ellos. Haberse quedado en su casa, o haberse vuelto a ella, como hicieron el 90% de los que entraron el 30 y 31 de julio, y se acabó la fiesta.
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