El gran enfado salta a las urnas

Inés Caballero charlaba con dos amigas en la acampada de la Puerta del Sol el jueves pasado. Las tres, sentadas en unas sillas de camping, se encontraban en el centro mismo del laberinto de tiendas que abarrotaba la plaza, protegidas, por un mar de plásticos y lonas, de la lluvia, de las miradas y, hoy, del sol. Inés tiene 28 años, es técnico de teatro en Madrid, el trabajo le gusta, estudió para llegar a él, cobra un sueldo de unos 1.500 euros al mes, goza de contrato fijo y sin embargo, acudió a la llamada de acampar en la Puerta del Sol para protestar. ¿Para protestar por qué? La mujer mira al que le hace la pregunta de frente, esboza un gesto un poco indescifrable y responde: “Buff, por todo. Porque me encuentro en un callejón sin salida. Vivo con mis padres y con este sueldo ahora no puedo comprarme una casa nunca, ni siquiera alquilar yo sola. Por eso me puede la incertidumbre de no saber qué va a ser de mí. ¿Hasta cuándo voy a tener que estar en casa de mis padres? ¿Voy a tener que tener un hijo ahí? Tengo la sensación no de que he fracasado, porque no he fracasado, pero sí de que voy llegando tarde a todo.” A la siguiente pregunta: ¿vas a votar? Responde con un poco más de ánimo: “Pues obviamente. Hay que votar. Entiendo que la gente esté enfadada y frustrada con la política, pero hay que votar”.

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