Las cuatro cajas de munición con las que Alfonso Lamas aterrorizó Argamasilla

Cualquiera que viaje estos días en coche entre Argamasilla de Calatrava y Villamayor de Calatrava repite el mismo proceso: reduce la velocidad en la curva y gira el cuello hacia la derecha, escudriñando unos campos que ahora se ven tranquilos, pero que el miércoles se tiñeron de sangre. La misma que aún enrojece el arcén. Cualquiera que hubiera transitado por ese tramo de la CR-4116 entre las dos localidades de Ciudad Real el miércoles por la mañana probablemente estaría muerto, herido o tendría la terrible la experiencia de haber sido el blanco de un francotirador. Ese fue el funesto destino de José Luis El Bonito y Alejandro Congosto, ambos muertos a balazos en su afán por ayudar: el primero, agricultor, trató de mediar entre un padre y un hijo que discutían; el otro, policía local, intentó detener el arrebato homicida de Alfonso Lamas hijo, quien tras agredir a su padre (también Alfonso Lamas) abrió fuego sin compasión contra todos y todos los que pasaban por la puerta de su finca, desde donde batió el tramo de carretera ahora teñido de sangre. El asesino acabó abatido tras herir a dos agentes más. El pueblo sigue compungido porque unos sucesos que solo habían visto antes en televisión. Esta es una reconstrucción de aquellas dos horas eternas en que un francotirador con problemas psíquicos aterrorizó una comarca.

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