La democracia es un delicado sistema de relojería cuyas piezas deben mantenerse siempre en perfecto equilibrio, cada una de sus ruedecillas debe satisfacer su función necesaria para el funcionamiento del todo. Su fin último no es solo buscar el ajuste entre gobernantes y gobernados —que las preferencias de estos encuentren su reflejo en las decisiones de aquellos—; también, al menos en la democracia liberal, proceder al control del poder, que este no se exceda de los límites constitucionalmente previstos. Este sutil mecanismo recibe el nombre de pesos y contrapesos, algo que confirma la utilidad de la metáfora mecanicista. Lo malo es que no puede garantizar por sí mismo las condiciones para su supervivencia (el conocido Diktum de Böckenförde), algo que recuerda a esa frase atribuida a Montesquieu de que las instituciones también mueren de éxito; sin implicación cívica, sin la adecuada cultura política, acaban sucumbiendo; o por los manejos de aquellos más directamente responsables de su puesta a punto.
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