Puigdemont contra el futuro

Desde allí no era difícil convencer a la presidenta Von der Leyen del lugar que Cataluña estaba en condiciones de recuperar como polo de desarrollo en la nueva fase de la Unión Europea tras la pandemia y cuando ya había empezado la guerra de Ucrania. De acuerdo que la escenografía jugaba a favor. Aquel 6 de mayo de hace un par de años Barcelona resplandecía ilusión. Como escribió un novelista de cuyo nombre y tal, “mar alegre, tierra jocunda, aire claro”. Era mediodía, y en una terraza del gran hotel frente al mar la presidenta de la Comisión esperaba su momento para recibir un premio a la construcción europea. Después del colapso político sufrido, la circunstancia era excepcional. Hacía algo más de un lustro que los mandatarios de alto nivel internacional habían dejado de venir a la ciudad digamos que por prudencia diplomática. Faltaban pocos minutos para bajar al salón de actos, y Von der Leyen conversaba con Pedro Sánchez. En el contexto de normalización institucional, el president de la Generalitat no desaprovechó la oportunidad. Porque él sí estaba allí. Se trataba de mostrar cómo aquella capital volvía a estar en condiciones de ejercer su responsabilidad con nuestros compatriotas europeos en la actual etapa de construcción de autonomía estratégica y frente a la amenaza de la guerra. El republicano Pere Aragonès le señalaba a la presidenta de la Comisión dónde estaban las infraestructuras punteras —allí el supercomputador, más allá el Instituto de Ciencias Fotónicas, el sincrotrón detrás de Collserola— y le comentaba las proyectos que podían desarrollar gracias a los fondos europeos. Son activos de prosperidad. Los enumeró esta semana en una conferencia el actual responsable económico del Ayuntamiento —el socialista Jordi Valls— al definir con datos a Barcelona como una capital científica del país y del sur de Europa.

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