No me negarán que el anuncio de la candidatura de Puigdemont a las elecciones catalanas huele a naftalina. ¿Hay alguien sorprendido? No es solo ―abróchense los cinturones― que haya dicho que se presenta para “culminar el trabajo de 2017″, pero para “hacerlo mejor”; es que Junts sigue representando todos y cada uno de los elementos de aquella apoteosis del populismo que vivimos en 2016 (Trump, el Brexit, ¿recuerdan?). Un año después, con el olfato de quien se siente en posesión de la Santa Verdad, el president huido había conseguido afinar la música del procés, convirtiéndolo en movimiento a través del uso y abuso de emblemas efectistas para captar y provocar estados de ánimo exaltados. Pero háganse esta pregunta: ¿qué problemas ciudadanos reales resolvió su Gobierno? ¿Cuáles ha resuelto Aragonés a pesar de estar más pendiente de la gestión? La paradoja es que Junts y otros partidos dejaron de representar a la sociedad, o a parte de ella, para convertirse en un poder frente a la sociedad misma: uno que buscaba moldearla a imagen y semejanza de sus afanes de poder.
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