La victoria electoral más apabullante tuvo la celebración más aburrida. No se festejó el inicio de una fase ilusionante en la política catalana, sino el fin de una etapa decepcionante. Ayudó el carácter soso del candidato, Salvador Illa. La falta de sal es buena para la salud democrática, y sobre todo en un cuerpo político como el catalán, que lleva tiempo sufriendo de tensión alta.
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