Un año después de que los pactos con Vox impidieran a Alberto Núñez Feijóo alcanzar La Moncloa, al líder del PP le ha caído del cielo la posibilidad de librarse de la extrema derecha. No porque lo haya buscado, porque la decisión la ha tomado Santiago Abascal motu proprio ante un movimiento del PP que, en realidad, era de alcance limitado. La ultraderecha sale de los cinco Gobiernos autonómicos de coalición con el PP porque los populares aceptaron en bloque, como estaba previsto, la acogida voluntaria de un mínimo de menores migrantes no acompañados llegados a Canarias (de 209, cuando las islas necesitan reubicar a 3.000). Nadie, ni mucho menos el PP, esperaba ahora un seísmo de esta magnitud en la derecha, porque los cinco Ejecutivos de coalición PP-Vox venían gobernando sin grandes tensiones internas y aprobando una agenda legislativa pactada, como la derogación de las leyes de memoria democrática para sustituirlas por otras de “concordia” que la oposición ha denunciado como revisionistas. Los populares no se han desviado de la hoja de ruta acordada con Vox, hasta el punto de que este mismo jueves, mientras el líder de Vox insistía en dar por rotos sus pactos de Gobierno con el PP, ambos partidos exhibían sintonía política en la Comunidad Valenciana aprobando juntos una de esas nuevas leyes que no condena el franquismo. Pese a todo, y contra todo pronóstico, Abascal rompió la baraja.
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