Votar es un rito poderoso en cualquier democracia. Después de todo, el voto es la única forma de participación política que tiene tres propiedades a la vez: es barato, anónimo y radicalmente igualitario. Una vez cada cuatro años nadie sabe por quién te significas y, metida en la urna, la papeleta del listo, del tonto, del poderoso o del humilde pesan exactamente lo mismo.
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