En un rincón invisible de España, una niña de dos años ha muerto de un balazo en la cabeza. Ha sido hace 15 días, pero podría haber sido cualquier semana. Porque en este entramado de callejuelas mal asfaltadas, que suben empinadas una colina a la que no se asoma nadie, sin contenedores de basura, ni apenas farolas, ni comercios, cafeterías o escuelas, no se acerca ni la policía. “Lo que pasa ahí no nos afecta a nosotros”, explica un funcionario municipal. En este barrio de Plasencia (Extremadura, 40.000 habitantes), a 10 minutos caminando del centro de la ciudad, ahora la única ley que impera es la venganza. Desde que una lluvia de balas atravesara la puerta de una casa e impactara en el cráneo de la niña, cada día hay fuego en una casa, cristales rotos, ropa quemada, juramentos de sangre. La muerte de Camelia ha sido solo el principio.
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