El pasado revive cuando se recuerda. Y es obligado hacerlo con cuidado al tratar al dictador Francisco Franco. Pese al magnetismo que ejercen las efemérides, su ideario no sobrevivió de cuerpo entero, oculto en las habitaciones interiores de nuestra democracia, pero tampoco desapareció abruptamente con su muerte el 20 de noviembre de 1975. Aparte del universo militar y eclesiástico, donde el formol hizo un buen trabajo, se mantuvo entreverado en ciertas élites económicas y empresariales españolas. Una oligarquía que mostró una alta capacidad adaptativa a los nuevos entornos y que ha ejercido siempre su influencia en el sector más conservador hasta cristalizar en la actual ultraderecha.
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