Un buen profesional es casi siempre una persona disociada. El uniforme, la ropa de trabajo, los modales, los rituales y los títulos sirven para que nos metamos en nuestro papel y finjamos, durante el desempeño del oficio, que no somos amantes, padres, hijos, amigos o camaradas. Todos tenemos algún amigo médico que nos echa la bronca por el colesterol mientras se toma unos whiskies con nosotros. Como médico, censura la juerga. Como amigo, en cambio, brinda. Y no pasa nada. El profesional bien entrenado vadea estos dilemas deontológicos, pero casi todos naufragan cuando les tocan demasiado dentro en las carnes. Por eso, en las series de médicos los cirujanos no pueden operar a sus familiares, ni los aguerridos agentes pueden meter en la cárcel a sus hermanos en las policíacas.
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