
Ya antes de la entrada de unos 80.000 inmigrantes a finales de julio, antes de las imágenes de grupos de recién llegados campando por los barrios y del poblado en la playa de El Trampolín y de su desalojo, antes del debate sobre el destino de los miles que aún no se han ido, antes de todo eso, Ceuta ya no era una ciudad cualquiera. ¿Por qué? Era y es singular —como Melilla— no solo por su emplazamiento, por la presión que ejerce Marruecos sobre ella. Pero también por sus malos indicadores sociales, económicos y educativos, entre otros.

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