
Un dron surca la niebla entre la frontera de Ceuta y Marruecos, porque los días en los que la ciudad amanece sumida en ese espesor blanco solían ser propicios para que los migrantes trataran de cruzar a nado. Pero a pesar de la vigilancia del dispositivo que sobrevuela El Tarajal, nadie cruza ilegalmente, y legalmente muy poco. El paso fronterizo registra un pequeño goteo de personas que entran, y aún más pequeño de migrantes que deciden abandonar e irse. La mayoría sigue aquí, luchando con otra frontera, que parece semántica pero no lo es: la de los que les consideran “invasores” o la de los que aún les llaman “migrantes”. Tras más de un mes del cruce masivo, la ciudad se ha rendido al espejismo de volver a la normalidad y se desborda en la falta de medidas para la anormalidad.

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