El 29 de mayo, no hace ni dos meses, el PSOE era un partido abatido y rendido. El Gobierno tenía fecha de caducidad y el cambio de ciclo parecía irreversible tras la hecatombe de la izquierda del 28-M, en la que la derecha barrió del mapa casi todo el poder institucional socialista en las autonómicas y municipales. La convocatoria electoral del 23 de julio con la que Pedro Sánchez sorprendió a los españoles y a su propio partido puede pasar a la historia de la política española como una decisión estratégica que nadie preveía y que puede valer cuatro años más de un Gobierno progresista y de coalición en La Moncloa. El derrotismo que sacudió los cimientos del PSOE, con algunos de los barones damnificados por las pérdidas de sus comunidades contando los días para pedir la dimisión de Sánchez en un nuevo y definitivo desastre en las urnas, ha dado paso a un PSOE enfervorecido que siente que el domingo tiene la victoria al alcance de la mano.
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