No es difícil de suponer que una parte de la sociedad catalana y española deseaba que el pasado 8 de agosto se pudiera celebrar la sesión de investidura de Salvador Illa como president de Cataluña sin percances, y que otra parte deseaba sobre todo poner al señor Puigdemont a disposición de la justicia, aunque el precio fuese dejar en el aire la investidura. A este reparto de prioridades puede incluso añadírsele otro subgrupo: los que querían que se celebrara la investidura pero tampoco necesitaban ni deseaban ver a Puigdemont entre rejas, o los que, siendo completamente partidarios de lo que este hombre representa, deseaban verlo mártir y de paso sabotear la investidura de un españolista. El hecho es que Puigdemont no se arriesgó ni tan siquiera a un martirio light —comparado con Companys, por si alguien jugaba a establecer paralelismos—, engañó a sus propios seguidores e hizo —las comparaciones reflejan también todo un repertorio de sensibilidades— de Houdini, de Jimmy Jump, de mago o, simplemente, y como se dice en catalán, el tifa. Fer el tifa no es muy honorable, que digamos. Es ser pura fachada, un ser sin sustancia y nada más. Pero hace tiempo que a este hombre le trae sin cuidado la honorabilidad del cargo que ostentó. Sus partidarios —sus fans— pueden dar y quitar al albur de sus devociones la honorabilidad a quien les parezca. El hecho es que, sin entrar en mayores especulaciones, ha jugado a ridiculizar al cuerpo de policía de Cataluña abusando aparentemente de un pacto entre caballeros —craso error: Puigdemont no lo es, ni es evidente que los suyos esperen de él que se comporte como tal—, y ha demostrado que la investidura le importaba un bledo. Él venía a tener cinco minutos de protagonismo y luego a echar a correr. Hay quien no entiende que el hombre suscite tanta animadversión. Yo confieso que no entiendo cómo todavía hay quien intenta reconocerle unos restos de mérito o decencia política.
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