Madrugada del 8 de diciembre. A la puerta de una hamburguesería de Ceuta, dos hombres charlan antes de entrar a comer algo. Uno es Ahmed M., cabecilla de una de las organizaciones de traficantes que introducía en la Península grandes cantidades de hachís que llegaban a la ciudad autónoma desde Marruecos. Ahmed habla con su interlocutor de la “estructura de seguridad” que permite a su banda superar los controles policiales en el puerto para embarcar los camiones que ocultan los alijos en dobles fondos.
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