Abel, Jaime, Mircea

Tienes que amar mucho tu tierra para salir a combatir el fuego con tus propias manos, casi sin saber cómo, pertrechado de más voluntad que medios y exponiendo el cuerpo a un peligro cierto. Hay que estar provisto de una humanidad superlativa, esa que sólo asiste a los valientes, para jugarse la vida al intentar liberar a unos caballos de las llamas. La generosidad arriesgada, la suspensión del interés propio más elemental o el reflejo sacrificial de quienes se baten —y se batieron— en una lucha desigual contra el fuego jamás deberían caer en el olvido. Por eso es imperativo recordar también sus nombres.

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