
Han pasado veinticinco años de siglo y las naciones europeas se han especializado en narrar su declive. Italia fue pionera, con títulos como La muerte de la patria y subtítulos como Por qué Italia no puede convertirse en un país moderno. Francia llegó más tarde pero más fuerte, con libros serios como los de Nicolas Baverez, libros menos serios como los de Éric Zemmour y un Dominique de Villepin que bautizó a los cultivadores del género como declinólogos. Para intuir el espesor de la declinología británica, que amenaza con reunir más volúmenes que la Enciclopedia Británica, basta observar los referendos que por poco no se llevan al país, como ellos dirían, “a los perros”. Alemania parecía inmune a esta filoxera pero también ha caído, con un correctivo apoteósico de Wolfgang Münchau. Un motivo de desazón es que algunos de estos gritos de Casandra tienen ya su tiempo —La France qui tombe, veinte años— y podrían escribirse ediciones corregidas y aumentadas. Quedan tres cuartas partes para enderezarlo, pero el siglo no empezó bien. Miremos a la UE: lo comenzamos con la redacción de una Constitución y ahora nos basta con que sobreviva el euro.
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