Los feriantes llegaron a las puertas del Palacio del Pardo cuando se supo que el dictador empezaba a desaparecer. Allí estaban quienes vendían churros, algodón de azúcar, almendras garrapiñadas. Los que ofrecían objetos religiosos o biografías y postales de Francisco Franco. La estampa, que Miguel Ángel Aguilar perfila en su amenísimo No había costumbre, es memorable porque aquel costumbrismo transmite con brillantez el ambiente popular de esas horas. Madrid parece más auténtica aquí que en las colas larguísimas para despedir con genuina emoción a Franco en el Palacio de Oriente. El decano Aguilar miraba como siempre y en su memoria ahora ve a los periodistas y a los corresponsales internacionales pendientes de la noticia, contempla con sonrisa burlona a los fanáticos que acudían ante las puertas del Palacio donde el Caudillo dictaba penas de muerte para jurarle fidelidad eterna y sobre todo recuerda a curiosos que deambulaba alrededor del Pardo “como meros paseantes”.
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