
He empezado esta columna sobre el accidente de Adamuz en un tren. No es tanta casualidad; ya saben que es la forma más natural de movernos por este despoblado país de grandes distancias. Y la verdad es que nuestra red de alta velocidad es admirable. Bueno, lo era. Llevábamos ya algunos años con grandes retrasos y algunas estaciones, sobre todo las de Madrid y Barcelona, resultan de una incomodidad supina; sin apenas asientos, hay que esperar siempre de pie, las masas se agolpan sobre las puertas, y como se quiera consumir algo se está condenado a hacer largas colas soviéticas. Eso sí, los billetes se fueron haciendo cada vez más asequibles, así que tampoco era cuestión de protestar. La liberalización de la red ferroviaria provocó la ryanairficación de la alta velocidad: mejores precios, pero más cutrería, la ley de hierro del consumo de masas.
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