
En la Casa de Andalucía de Getafe (Madrid) hay una norma no escrita: al cruzar la puerta, la política se queda fuera. La regla la impuso Luis Grisolía, su presidente, un granadino que emigró a Madrid en los años sesenta para escapar de la asfixia y la miseria. A sus 81 años, sentado en el patio de la asociación, hace una excepción mientras remueve un vaso de whisky Ballantine’s con hielo. Pide que los políticos no se olviden de los suyos, de quienes se marcharon de Andalucía y nunca pudieron regresar. “Que nos tengan en cuenta e intenten recuperar a nuestros hijos. A ellos les gustaría regresar a su tierra, la de sus padres”, dice y suspira: “Lo hemos reivindicado, pero no nos han hecho caso”. Según datos de la Junta de Andalucía, alrededor de 1,2 millones de andaluces residen en otra comunidad autónoma, lo que representa el 14,3% de la población de la comunidad, algunos de ellos jóvenes muy cualificados que, décadas después de que aquel éxodo de los años del franquismo, han dejado su tierra para buscar nuevas oportunidades.

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