Los tópicos son una maldición hasta que caemos en la cuenta de que quizá sea peor maldición el no tenerlos. Eslovaquia y Eslovenia han llegado a celebrar actos conjuntos para que la gente aprenda a distinguirlas. Sometida como pocos a la tiranía del cliché, este de la indistinción es un peligro que Andalucía nunca correría. Quizá con una excepción: “La confusión entre Andalucía y España” que, en palabras de Enric Ucelay-Da Cal, ha dominado nuestra imagen en el exterior. Francesc Macià la conoció bien: procesado en París en los años veinte, intenta internacionalizar la causa del separatismo catalán solo para ver cómo la prensa francesa dibuja a los indepes tocados con sombrero cordobés. La caracterización andaluza de lo hispánico tendrá, con todo, una peculiaridad: no hubiera sido tan exitosa fuera de no haber sido aceptada y retenida dentro. En el XIX, despuntaron otros casticismos posibles. Hubo, por ejemplo, una importante exaltación baturra (“Aragón la más famosa es de España y sus regiones”), y Unamuno dará un nuevo apresto a esa tradición de sobriedad castellana que había impresionado a Europa en otros siglos. El canon andaluz es, sin embargo, el que triunfa, y cuando Juan Pablo II visita Compostela, a alguien le pareció adecuado recibirlo con sevillanas.
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