La famosa cita atribuida a Bismarck aplica perfectamente a la ley de amnistía: “Las leyes, como las salchichas, dejan de inspirar respeto a medida que uno va conociendo cómo se hacen”. Aprobada ya hace más de dos años en el Congreso, este punto final legislativo al procés es una medida parlamentaria útil para el futuro inmediato de la democracia española porque, poco a poco, va acabando con una situación penal que ha situado la política catalana y española en un estado de excepción que todavía hoy nos deja atrapados en el mundo de ayer. El Tribunal de Justicia de la Unión Europea, con su esperable decisión de esta semana y haciendo innecesariamente suyo el relato más político que legal de la reconciliación, ha allanado el camino para la plena aplicación de una ley que debería facilitar el pronto retorno a Cataluña del president Puigdemont y que Oriol Junqueras pueda ser candidato a las elecciones. Pero junto a estas consecuencias positivas, también hemos contemplado cómo se hacían las salchichas. Ni uno solo de los principales actores implicados —PSOE, PP, Junts, el Tribunal Supremo— ha desempeñado un papel honorable porque el cálculo inconfesable se ha impuesto a la verdad que no se podía reconocer.
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