Parece mentira que en una calle a escasos 100 metros del barranco de la muerte, haya este lunes una cola de 20 personas para algo más parecido a la vida de siempre. Nadie en la puerta se explica cómo precisamente en Paiporta, donde casi ningún local ni casa baja ha sobrevivido a la ola que arrasó todo el 29 de octubre, que ha enterrado a 45 vecinos ahogados en sus salones, en una residencia, en los garajes, que lleva peleando semanas por conseguir agua embotellada, escobas, botas, detergente para frotar el fango seco incrustado en todas partes, puede abrir por fin un comercio, el primero. Cómo puede existir siquiera un rincón que huela bien. “Huele a pan recién hecho. A vida otra vez”, dice sonriendo Ana Belén, auxiliar de enfermería de 50 años.
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