1. El apagón. Me ha sorprendido la tibieza con la que el presidente Pedro Sánchez ha afrontado la caída del suministro eléctrico del pasado lunes. La amenaza no fue más allá de la medianoche, pero el cortocircuito comunicacional, en una sociedad que alardea de su infinita capacidad de intercambio, tuvo un innegable impacto. Del encierro físico de la pandemia pasamos al aislamiento mental de la desconexión. En nuestro paraíso tecnológico, en el que paseamos por las redes con un simple movimiento de los dedos, ¿era pensable ver de pronto la gama de instrumentos del nuevo modelo relacional convertidos en objetos sin chispa, perfectamente inútiles salvo para generar frustración y melancolía? Pues sí. Aunque solo fuera por unas horas, el cierre de las puertas de la interconexión nos condenaba al ensimismamiento. Solo la radio seguía a nuestro alcance como voz que penetraba en el territorio de la oscuridad, un estado proceloso que nos deja a tientas. Y la luz regresó.
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