Fuego, bombas y esvásticas: el retrato del miedo de los niños perseguidos por la guerra

Colonia de los niños españoles en Ucrania. Carmen Barrera es la octava por la derecha en la tercera fila por abajo y abraza a su hermano, Alejandro, que murió con 14 años.

Vladimir Merino nació en una aldea a la afueras de Moscú hace 73 años. A los 11, en 1937, su madre, Carmen Barrera, natural de Rentería (Gipuzkoa) y su tío Alejandro, de 9, habían sido enviados a la entonces URSS por las autoridades republicanas con otros 3.000 niños para alejarlos de la Guerra Civil española. A su padre biológico,Shaban Urruchi, no llegó a conocerlo. “Era un albanés que estudiaba medicina en la universidad con una beca soviética, pero cuando acabó sus estudios, le dijeron que tenía que volverse a su país y a mi madre, embarazada, no le permitieron irse con él”. Carmen y Shaban mantuvieron por correo la ilusión del reencuentro. Incluso después de que autorizaran en 1956 el regreso de ella a España siguieron escribiéndose cartas que llegaban siempre abiertas, violadas por la dictadura. Tardaron tres años más en comprender que lo mejor era dejar de hacer planes imposibles y darse mutuamente permiso para explorar la vida sin el otro. En 1962, Carmen se casó con Nicasio Merino, que adoptó a Vladimir y le dio su apellido, el mismo del comisario de la exposición que este lunes se inaugura en el Ateneo de Madrid: 48 dibujos realizados por niños que, como su madre, no tenían miedo a la oscuridad o al coco, sino a las bombas; pequeños que aprendieron el significado de la palabra huida al mismo tiempo que los adultos mientras la guerra los perseguía miles de kilómetros.

Dibujo de un niño sobre la Guerra Civil española incluido en la exposición.

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Mercedes, una niña de 13 años, dibuja un bombardeo de la Guerra Civil española. Las bombas tienen forma de lágrimas.Vladimir Merino, comisario de la exposición, delante de algunos de los dibujos.El 16 de Marzo enterraron a 4 de los 35 militares muertos en el ataque ruso a la base ucraniana de Yavoriv, realiazado unos dias antes. La hija de Volodimir Romanchuk, militar de 31 años, se abraza a un peluche y mira el féretro con los restos mortales de su padre, en el cementerio de Lychakiv, en Lviv, Ucrania. Jaime Villanueva

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