
Vladimir Merino nació en una aldea a la afueras de Moscú hace 73 años. A los 11, en 1937, su madre, Carmen Barrera, natural de Rentería (Gipuzkoa) y su tío Alejandro, de 9, habían sido enviados a la entonces URSS por las autoridades republicanas con otros 3.000 niños para alejarlos de la Guerra Civil española. A su padre biológico,Shaban Urruchi, no llegó a conocerlo. “Era un albanés que estudiaba medicina en la universidad con una beca soviética, pero cuando acabó sus estudios, le dijeron que tenía que volverse a su país y a mi madre, embarazada, no le permitieron irse con él”. Carmen y Shaban mantuvieron por correo la ilusión del reencuentro. Incluso después de que autorizaran en 1956 el regreso de ella a España siguieron escribiéndose cartas que llegaban siempre abiertas, violadas por la dictadura. Tardaron tres años más en comprender que lo mejor era dejar de hacer planes imposibles y darse mutuamente permiso para explorar la vida sin el otro. En 1962, Carmen se casó con Nicasio Merino, que adoptó a Vladimir y le dio su apellido, el mismo del comisario de la exposición que este lunes se inaugura en el Ateneo de Madrid: 48 dibujos realizados por niños que, como su madre, no tenían miedo a la oscuridad o al coco, sino a las bombas; pequeños que aprendieron el significado de la palabra huida al mismo tiempo que los adultos mientras la guerra los perseguía miles de kilómetros.



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