La mujer llora. Se llama Rosa. Tiene el pelo gris. Llega con la mirada gacha, retraído el mentón. Ha esperado hasta el final de la cola para contarme en susurros que su padre y su tío viajaron en el Stanbrook, el barco de la derrota y las esperanzas, aquel buque mercante que cargó desde el puerto de Alicante hasta Orán al último reducto de la resistencia republicana en la primavera amarga del 39. Le gustaría que en la dedicatoria figurasen sus nombres. Los nombres de dos de aquellos 2.638 hombres, mujeres, niños, mutilados de guerra evacuados de los hospitales, soldados llegados desde el frente, andrajos humanos revestidos de dignidad; toda aquella gente cargada con fardos, bolsas, líos, pañuelos y maletas, todos ellos envueltos por los gritos y el hambre y el miedo que tiñen el final de una guerra.
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