Había dos orillas, exponía Julio Anguita. Una, el neoliberalismo; la otra, sus enemigos. En la segunda estaba Izquierda Unida y podía estar el PSOE, si honraba sus siglas; pero estas, herencia de un tiempo en el que el centenario partido había hecho revoluciones, no debían ser salvoconducto para un pacto automático. El acuerdo debía poder darse o no, y apoyarse en firmes compromisos programáticos si se daba. IU debía perder el miedo a ser acusada de responsable de que gobernara la derecha —de hacer “pinza” con el PP—, si no se daba. La colusión fáctica entre el PP de Aznar y el PSOE de González, teóricos rivales, pero agentes de neoliberalización por igual, no era una pinza, sino un tendal, un tendedero lleno de ellas, replicaban con humor los anguitistas en Asturias.
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