Arde el termómetro

Estábamos distraídos. Alguien nos había convencido de que con expulsar a los musulmanes de España volveríamos a ser grandes de nuevo. Llegaba hasta tal punto el convencimiento que un puñado de chavales deslomados en el gimnasio y pasados de tragos de bebidas energéticas se plantaron en un pueblo de Murcia a empezar la cacería. Y los presidentes autonómicos decidieron que el reparto de unos cuantos chicos desprotegidos procedentes de Canarias era una afrenta que no iban a tolerar. Sí, suena ridículo, pero esta era la actualidad española hasta que ardieron los termómetros. Dieciséis días consecutivos de una ola de calor extrema vinieron a poner las cosas en su sitio y agosto resultó agosto. Si el país peligraba de verdad era debido a que su corazón deshabitado y desatendido estaba a una chispa de arder. Los fuegos olímpicos de este verano aún continúan sumando hectáreas arrasadas, sin que a las llamas les importe un carajo el término autonómico ni las competencias transferidas. Ni siquiera en Madrid las llamas respetaron la huelga de bomberos tras la privatización y precarización humillante de su servicio público.

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