Antonio Pérez, de 53 años, abrió el hogar del pensionista de Adamuz a las ocho de la mañana, como cada domingo. Descansó solo un rato para comer. Y al final de la tarde, cuando se disponía a cerrar, le avisaron de que había descarrilado un tren. “Era lo único que se sabía. Había pasado algo grave, pero no conocíamos hasta qué punto. Yo dije que iba a mantener el local abierto por si acaso hacía falta”, asegura. Horas más tarde, el lugar se convirtió en el epicentro de la atención a los familiares de las víctimas del accidente ferroviario. Allí pasaron la noche medio centenar de personas mientras conseguían noticias de sus allegados. “Ha sido una noche horrorosa”, explicaba ya a mediodía del lunes el hombre, con una visible cara de cansancio tras no dormir durante toda una noche en la que ha servido centenares de café -han gastado cuatro kilos de grano- y bocadillos, además de unas cuantas palabras de cariño para quienes se derrumbaban al conocer la muerte de sus allegados. “He visto desmayos, gente llorando. Ha sido durísimo”, añadía.

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