Las redes sociales son como las drogas. No por su eventual condición adictiva, sino porque no existe un uso responsable de ellas. Al menos, no en el caso de la clase política. El antiguo Twitter, por ejemplo, genera alucinaciones en las que realidad y ficción tienden a mezclarse. Que se lo digan al primer Podemos o, ahora, a Vox: ambos partidos demostraron una robusta hegemonía tuitera que después no supieron traducir en votos.
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