Esa palabra que empieza por A

Una negociación espinosa exige, para empezar, secretismo. Y para acabar, un acuerdo sin fisuras y una escenificación final. Si además lo que está en juego es relevante suele requerir una curva pronunciada en el camino: uno de esos momentos al borde del abismo en los que todo el mundo contiene la respiración; esos instantes facilitarán la puesta en escena. En esas estamos: pasada la primera fase de la negociación de investidura —va un mes de cerrojazo informativo—, llega ese momento al filo del abismo antes de la teatralización final. Si no acabamos al fondo del precipicio, los negociadores deberían tener bien cocinado un relato articulado con sus cesiones y compromisos por ambos bandos y con la inevitable ambigüedad propia de esos momentos en los que chirrían los goznes de la historia. Si el pacto está llamado a protagonizar el debate político de los próximos tiempos tampoco faltarán las voces de la indignación moral: el expresidente Aznar volvía a aparecer ayer con su particular que viene el lobo, con el enésimo llamamiento a la rebelión —se cierra así un círculo vicioso-sedicioso— y con una de sus frases de charol: “Pedro Sánchez es un peligro para la democracia”. Esa querencia por la hipérbole era bien distinta cuando llamaba a ETA “movimiento de liberación”.

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