España no puede permitirse la más mínima sombra de duda sobre el funcionamiento de sus servicios de inteligencia y su correcto acomodo a los estándares que impone un sistema democrático. De ahí que resulte tan necesario tomar en serio las noticias acerca del espionaje que han sufrido algunos políticos catalanes para afrontar esta cuestión sin aspavientos, pero con la seriedad y madurez que la situación requiere. No ha sido este, sin embargo, el enfoque adoptado por un Gobierno partido en dos y a la espera de que la realidad informativa hiciera decaer la atención sobre el tema. Resulta sorprendente observar cómo, en estas circunstancias, unos han aprovechado la ocasión para escandalizarse y cargar contra compañeros del Consejo de Ministros; y los otros han preferido entregarse a las explicaciones tautológicas. Estrategias todas ellas pésimas para taponar la vía de desconfianza abierta.
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