Este verano, el diablo no toma vacaciones. En la península Ibérica, lanza llamaradas sobre la agostada tierra y aviva el fuego con ráfagas de su aliento seco. Y siembra la cizaña entre los políticos. En la península de Alaska, susurra escalofriantes discursos imperiales a los dos egos más gélidos del orbe, Trump y Putin, ansiosos por repartirse el destino de la población mundial desde un rincón despoblado, cual villanos de cómic. Parece que este verano no tiene canción, sino letanía. Pero, aunque en el horizonte solo veamos las ruinas de un futuro de apocalipsis climático y neoimperialismo, en un lugar siempre resplandece la esperanza: la sensatez popular.
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